Es una de las dudas más frecuentes entre los pacientes que empiezan a notar flacidez, pérdida de definición de la mandíbula o cambios en el contorno del rostro y del cuello.
Es comprensible buscar una cifra: 45, 50, 60 años… Sin embargo, la realidad es que no existe una edad concreta a partir de la cual una persona necesite un lifting facial.
Dos pacientes de la misma edad pueden presentar un envejecimiento completamente diferente. Uno puede conservar una buena definición de la mandíbula y apenas mostrar descenso de los tejidos mientras que otro puede presentar mejillas descendidas, jowls o flacidez cervical mucho más evidente.
Por eso, para mí la pregunta clave no es «¿qué edad tengo?», sino «¿qué ha cambiado en mi rostro y qué está produciendo ese cambio?».
La edad no determina por sí sola el envejecimiento facial
No todos envejecemos de la misma manera. La genética influye, pero también lo hacen la calidad de la piel, la estructura ósea, la distribución de la grasa facial, la exposición solar, el tabaco o los cambios de peso. Todo ello hace que los signos del envejecimiento puedan aparecer antes en unas personas y mucho más tarde en otras.
Además, el envejecimiento facial va mucho más allá de la aparición de arrugas. Con el paso de los años, la grasa facial cambia de posición, los ligamentos pierden capacidad de soporte y los tejidos profundos descienden. Es entonces cuando las mejillas empiezan a caer, aparecen los jowls, la mandíbula pierde definición y el límite entre la cara y el cuello se hace menos marcado.
Estos cambios tampoco aparecen todos al mismo tiempo. Un paciente puede consultar principalmente por la pérdida de definición de la mandíbula, mientras que en otro puede predominar el descenso de las mejillas o la flacidez del cuello. Por eso, valorar el envejecimiento facial implica analizar qué zonas han cambiado y qué estructuras son responsables de esos cambios.
Y esta es precisamente la razón por la que resulta difícil establecer una edad ideal para realizar un lifting. Más que los años que tenga el paciente, son estos cambios los que nos indican cuándo puede tener sentido empezar a plantearnos un lifting facial.
¿Cuáles son las señales de que puede tener sentido valorar un lifting?
Muchas veces el paciente no llega a consulta pensando que necesita un lifting. Simplemente nota que su rostro ha cambiado con los años: la mandíbula está menos definida, empiezan a aparecer los jowls, las mejillas han descendido o el cuello ya no tiene el mismo contorno.
En otros casos, lo que percibe es que los tratamientos que antes le funcionaban bien ya no consiguen el mismo resultado.
Esto ocurre porque los signos del envejecimiento tienen un origen distinto. Una cosa es la calidad de la piel, otra la pérdida de volumen y otra diferente el descenso de los tejidos. Cada problema necesita un tratamiento distinto.
Por ejemplo, podemos tener arrugas o manchas y mantener unos contornos faciales bien definidos. Y también puede ocurrir lo contrario: tener una piel de buena calidad y, sin embargo, empezar a perder la definición de la mandíbula o del cuello.
Por eso, tener arrugas no significa necesitar un lifting. Empieza a tener sentido valorarlo cuando lo que queremos mejorar es principalmente la posición de los tejidos y los cambios que su descenso ha producido en el rostro y el cuello.
¿Es demasiado pronto hacerse un lifting a los 40 o 45 años?
No necesariamente. Pero tener 40 o 45 años tampoco significa que haya llegado el momento de operarse.
En algunas personas, los primeros cambios pueden aparecer relativamente pronto: la mandíbula empieza a perder definición, aparecen los primeros jowls o las mejillas comienzan a descender. En otras, estos cambios apenas son visibles hasta bastantes años después.
Cuando los signos de envejecimiento son leves, los tratamientos no quirúrgicos pueden seguir siendo una buena opción. Podemos mejorar la calidad de la piel, tratar determinadas pérdidas de volumen o corregir algunos cambios sin necesidad de cirugía.
La situación es diferente cuando el problema principal es que los tejidos han descendido. En estos casos, seguir añadiendo tratamientos médicos puede mejorar algunos aspectos del rostro, pero no van a lograr devolver esos tejidos a su posición original.
Por eso, no creo que tenga sentido realizar un lifting de forma preventiva simplemente por hacerlo antes, pero tampoco retrasarlo únicamente porque pensemos que 40 o 45 años es demasiado pronto.
El momento adecuado no lo marca una edad concreta, sino que exista algo que realmente queramos corregir y que la cirugía sea la opción adecuada para hacerlo.
¿Y si tengo 50 o 60 años?
A partir de los 50 o 60 años es frecuente que aparezcan al mismo tiempo varios signos de envejecimiento. Podemos encontrar pérdida de definición de la mandíbula, descenso de las mejillas o flacidez en el cuello, pero también cambios en los párpados, las cejas o la calidad de la piel.
Esto no significa que por cumplir una determinada edad sea necesario realizar un lifting. Significa que, al realizar la valoración en consulta, es especialmente importante analizar el rostro en conjunto.
Por ejemplo, un lifting puede mejorar la posición de los tejidos de la cara y el cuello, pero no va a corregir por sí solo unas bolsas marcadas en los párpados o unas cejas descendidas. En algunos pacientes puede tener sentido combinar diferentes procedimientos; en otros, el problema que les preocupa puede tratarse de una forma mucho más localizada.
Por eso, antes de decidir qué cirugía realizar, prefiero identificar qué cambios son realmente responsables del aspecto que preocupa al paciente. A partir de ahí podemos decidir qué merece la pena tratar y qué no es necesario modificar.
El objetivo no es corregir todos los signos de envejecimiento que podamos encontrar, sino conseguir una mejoría equilibrada y natural del rostro.
¿Por qué llega un momento en el que los rellenos pueden no ser suficientes?
Los rellenos pueden ser muy útiles cuando queremos recuperar volumen en zonas concretas del rostro. El problema aparece cuando intentamos utilizarlos para corregir algo diferente: el descenso de los tejidos.
Volumen y posición no son lo mismo.
Si una mejilla ha perdido volumen, puede tener sentido restaurarlo de forma selectiva. Pero si esa mejilla ha descendido, añadir más producto no consigue devolver los tejidos a su posición original.
Lo mismo ocurre cuando empiezan a aparecer los jowls o se pierde la definición de la mandíbula. Podemos mejorar determinados aspectos con tratamientos médicos, pero llega un momento en el que añadir volumen no corrige la causa principal del cambio.
De hecho, si intentamos compensar de forma repetida el descenso de los tejidos añadiendo cada vez más volumen, podemos terminar modificando las proporciones del rostro sin conseguir realmente el resultado que buscamos.
Esto no significa que haya que elegir entre rellenos o cirugía. Son tratamientos diferentes y pueden ser complementarios cuando están bien indicados. Lo importante es identificar primero qué está produciendo el cambio: pérdida de volumen, descenso de los tejidos o una combinación de ambos.
A partir de ahí podemos decidir qué tratamiento tiene más sentido en cada caso.
¿Es mejor operarse antes de que la flacidez sea muy evidente?
No necesariamente. Operarse antes no significa obtener un resultado mejor.
Cuando los cambios son todavía moderados, un lifting puede permitir reposicionar los tejidos y recuperar determinados contornos sin que el envejecimiento sea muy avanzado. Pero eso no significa que debamos adelantarnos y realizar una cirugía antes de que exista algo que realmente queramos corregir.
En el extremo contrario, tampoco es necesario esperar a que la flacidez sea muy marcada. Si la pérdida de definición de la mandíbula, el descenso de las mejillas o los cambios en el cuello ya preocupan al paciente y pueden mejorar con cirugía, retrasarla únicamente por la edad tampoco aporta necesariamente una ventaja.
Para mí, el equilibrio está en no adelantarnos a un problema que todavía no existe, pero tampoco esperar simplemente porque pensemos que un lifting debe reservarse para edades más avanzadas.
El momento adecuado llega cuando los cambios son suficientes para justificar una cirugía y el resultado que podemos conseguir compensa el proceso de recuperación que supone una intervención.
¿Un lifting a una edad más temprana es necesariamente un minilifting?
No. Es fácil asociar un minilifting a pacientes más jóvenes y un lifting deep plane de cara y cuello a edades más avanzadas, pero no siempre es así.
El término minilifting suele utilizarse para describir procedimientos más limitados, con una menor extensión de la cirugía. Puede ser una buena opción cuando los cambios están localizados y no necesitamos tratar otras zonas del rostro o del cuello.
Sin embargo, ser más joven no significa necesitar necesariamente una cirugía menor. Un paciente puede presentar pocos cambios y beneficiarse de un procedimiento más limitado, mientras que otro de una edad similar puede necesitar trabajar diferentes zonas o planos más profundos.
Por eso, no elegiría entre un minilifting, un lifting deep plane u otra técnica únicamente en función de la edad. Primero debemos decidir qué necesitamos corregir y después elegir la técnica más adecuada para hacerlo.
¿Qué es un lifting deep plane y en qué se diferencia de un lifting tradicional?
Entonces, ¿cuál es la mejor edad para hacerse un lifting?
No existe una edad ideal para hacerse un lifting facial.
El momento adecuado llega cuando aparecen cambios que realmente preocupan al paciente y la cirugía puede corregirlos de una forma razonable. En algunas personas esto ocurre antes y en otras, muchos años después.
Por eso, más que decidir en función de la edad, prefiero valorar qué ha cambiado en el rostro, qué queremos mejorar y qué tratamiento puede conseguirlo de la forma más natural posible.
En definitiva, no se trata de operarse pronto ni de esperar todo lo posible. Se trata de operarse cuando realmente tiene sentido hacerlo.
La primera consulta: decidir antes de tratar
En la primera consulta prefiero no empezar hablando de una técnica concreta. Primero quiero entender qué cambios ha notado el paciente, qué le preocupa y qué espera conseguir.
Después valoro el rostro en conjunto: la posición de las mejillas, la línea mandibular y el cuello, pero también los párpados, las cejas, la distribución del volumen y la calidad de la piel. No todos estos cambios necesitan cirugía ni tienen que tratarse al mismo tiempo.
A partir de esa valoración podemos decidir qué merece la pena mejorar y cuál es la mejor forma de hacerlo. En algunos pacientes será un tratamiento médico; en otros, una cirugía localizada o un lifting; y en ocasiones, la mejor opción puede ser simplemente no tratar.
Para mí, esta parte es tan importante como elegir correctamente la técnica. Indicar bien también forma parte del tratamiento.
La edad puede orientarnos, pero no debería ser el criterio que determine cuándo realizar un lifting facial. Lo importante es entender qué ha cambiado en el rostro y si esos cambios pueden mejorar realmente con cirugía.
No se trata de adelantarse al envejecimiento ni de esperar hasta que los cambios sean muy evidentes. Cada persona envejece de una forma diferente y el momento adecuado también será diferente para cada paciente.
Por eso, antes de pensar en una edad o en una técnica concreta, prefiero partir de una buena valoración. Entender primero qué queremos mejorar y decidir después cómo hacerlo.
Dr. Joaquín Lora Díaz
Especialista en Otorrinolaringología y Cirugía estética de Cabeza y Cuello.
Cirugía Estética Facial · Sevilla.
La información de este artículo tiene carácter divulgativo y no sustituye una valoración médica individualizada.